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Pídeme lo que quiera o dejame - Cap.9 y 10



9
Al día siguiente quedamos para cenar con Björn, Frida y Andrés en Jokers, el restaurante del padre de
Björn. Dexter, Graciela, Eric y yo, tras saludar al simpático Klaus, nos dirigimos hacia la mesa que éste
nos indica. Pedimos unas cervezas y comenzamos a charlar.
—Oh, Dios, me encanta la cervecita de Los leones.
—¿La Löwenbräu? —pregunta Eric.
Graciela asiente y, tras beber un trago, responde:
—Hace muchos años, cuando yo vivía en Chile, tenía un vecino cuyo padre era alemán y se hacía
traer esta cerveza desde aquí. Hum, ¡está buenísima!
Dexter con una enorme sonrisa al verla tan feliz, pregunta:
—¿Te pido otra?
—Me encantaría.
Los miro. Vaya dos patas para un banco.
Ambos se gustan, pero ninguno da el primer paso. Bueno, Graciela lo ha dado y ahora es Dexter quien
tiene que hacerlo. Estoy convencida de que lo desea, pero lo frena su condición. Lo que no entiendo es
cómo es tan tonto. Sabe que ella conoce sus limitaciones y aun así él le interesa. Sinceramente, no le
entiendo.
Cuando nos traen una nueva ronda de cervezas, brindamos y el buen humor reina entre nosotros, como
siempre. En ese momento, veo que entra el guapísimo Björn acompañado por una mujer. ¿Quién será?
Él no nos ha visto todavía y puedo curiosear a gusto. La mujer, como era de esperar, es un cañon.
Alta, taconazos, sexy, rubia y guapa, muy guapa.
Cuando su padre le advierte que lo esperamos y Björn se da la vuelta, nuestras miradas se encuentran
y me guiña un ojo.
¡Qué gran amigo es!
—Eric, ha llegado tu amiguito —susurro divertida.
Mi rubio, al escucharme, se levanta de la mesa y, cuando esos dos titanes a los que tanto quiero se
encuentran, se dan un largo y significativo abrazo. Se adoran. Acto seguido, Björn me abraza y murmura
en mi oído:
—Bienvenida a casa, señora Zimmerman.
Yo sonrío y observo cómo su acompañante me mira con gesto poco amable. Por su actitud se ve que
no se siente muy feliz con esta cena. Björn sigue su ronda de saludos y, tras estrecharle la mano a Dexter
y presentarle éste a Graciela, pregunta:
—¿No han llegado Frida y Andrés?
—¡Estamos aquí! —dice pronto la voz de Frida.
Al oírla, doy un salto y corro hacia ella. Mi loca amiga viene dando saltitos y, tras abrazarnos,
pregunta:
—¿Cómo va todo?
Separándome de ella, respondo:
—Genial. De momento no nos hemos matado.
Frida sonríe y ahora es Andrés el que me abraza y me achucha. Son todos tan cariñosos conmigo que
no puedo parar de sonreír. Veo que conocen a Graciela de cuando han viajado a México.
Clavo la mirada en la rubia que, con cara de asquito, nos observa desde un lateral de la mesa y le
digo a Björn:
—Haz el favor de ser caballeroso y presentarnos a tu acompañante.
Él, que está emocionado por esta reunión, se acerca a la desconocida y, cogiéndola por la cintura,
dice:—
Agneta, te presento a mis amigos. Eric y su mujer Judith. Andrés y su mujer Frida y Dexter y su
novia Graciela.
Uy… Uy…, lo que ha dicho.
Me entra la risa sin poderlo remediar.
Y antes de que Dexter lo aclare, Graciela mira al guapísimo Björn y dice:
—No somos novios. Sólo soy su asistente personal.
Björn al oír eso, mira sorprendido al mexicano, después a la joven y, en español, para que Agneta no
lo entienda, dice:
—Pues entonces, creo que tú y yo vamos a tener una cita.
Me parto. Björn no desperdicia oportunidad y Graciela, con una gracia que me descoloca, asiente.
—Estaré encantada de tenerla.
Vayaaaaaaaaaa con la chilena.
¡No quiero mirar a Dexter!
¡No debo hacerlo!
¡Pobrecito!
Pero al final, como soy una cotilla, ¡zas!, lo miro y veo cómo la mandíbula se le cuadra, mientras se
retira su oscuro pelo de la cara. No dice nada y da un trago a su cerveza. Ay, pobre, me da hasta pena.
Tras las presentaciones, todos nos sentamos y empezamos a hablar. Klaus, el padre de Björn
rápidamente nos llena la mesa de ricos manjares. Los ojos me hacen chiribitas mientras le explico a
Graciela un poco qué es todo aquello.
Uff… ¡qué hambre tengo, por favor!
—¿Sabes quién es ésa? —cuchichea Frida con disimulo.
Yo la miro y, al ver que señala a la acompañante de Björn, pregunto:
—¿Quién?
—Esa chica trabaja en las noticias de la CNN aquí en Alemania. Es presentadora de televisión.
—Vaya —susurro, mirándola con curiosidad.
Graciela, que es de buen comer, como yo, rápidamente se lanza y, tras comerse una rica albóndiga,
me mira y dice con su dulce voz:
—¡Qué ricoooooooooooo!
Yo asiento. Esas albóndigas de carne picada están de muerte. Dispuesta a que siga descubriendo
cosas, cojo dos brezn y le entrego uno.
—Prueba esta rosquilla salada mojada en esa salsa y verás.
—Los brenz de aquí son espectaculares —interviene Frida, que coge otro—. Ya verás.
Las tres mojamos las rosquillas, las masticamos y nuestros exagerados gestos lo dicen todo.
¡Deliciosas!
Los chicos nos miran y sonríen. Pedimos más cerveza. Comer da sed.
Mientras los hombres hablan, nosotras le damos buen uso a nuestro paladar, hasta que, de pronto, la
mirada de Agneta llama mi atención y pregunto:
—¿No comes?
Ella niega con la cabeza y, arrugando la nariz, responde:
—Demasiada grasa para mí.
—Pues mira, ¡a más tocamos! —responde Graciela en español y yo contengo la risa.
Creo que la cerveza le está comenzando a afectar.
Frida, que está a nuestro lado, dice:
—Mujer, pero algo comerás.
Agneta con un gesto que me recuerda a no sé quién, la mira y responde:
—He pedido una ensalada de rábanos y queso.
—¿Sólo comerás eso?
La rubia alemana asiente y, levantando el mentón, añade:
—Todo lo que coméis es un segundo en la boca y seis meses en las caderas. Yo me debo a mi
público, que quiere verme bella y delgada.
Tiene razón.
Pero oye, ¡el segundo de la boca es la bomba! En cuanto a lo segundo que ha dicho, prefiero no
opinar. Ésta es tonta, pero tonta… tonta.
Durante varios minutos, comemos y comemos y, de pronto, me paro. ¡Ya sé a quién me recuerda la
cara de Agneta!
Es igualita a un caniche llamado Fosqui que tuvo la Pachuca cuando yo era pequeña. Me vuelvo a
reír. No puedo remediarlo y Eric, acercándose, me besa en el cuello y pregunta:
—¿Qué te da tanta risa?
No puedo decirle la verdad y respondo:
—Graciela. ¿Has visto qué contenta está?
Eric la mira, asiente y murmura:
—Creo que no debería beber más Löwenbräu.
Ambos asentimos y, acercándome a él, le doy un besito en la punta de la nariz.
—Te quiero, señor Zimmerman.
Eric sonríe y, tras ponerme un mechón de pelo tras la oreja, dice:
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Hace mucho tiempo que no discutimos y no me llamas una cosa.
Al escucharlo suelto una carcajada y, al darme cuenta de a qué se refiere, parpadeo y afirmo:
—Eso sólo lo diré cuanto te lo merezcas y ahora no te lo mereces. Por lo tanto, ¡no! Me niego a darte
ese placer.
—Me vuelve loco cuando me lo llamas.
—Lo sé —río divertida.
Me hace cosquillas en la cintura y pide:
—Venga, dímelo.
—No.
—Dímelo.
—Que no… que no te lo mereces ahora.
Me besuquea y, contenta como unas pascuas, finalmente digo:
—Gilipollas.
Eric suelta una carcajada. Nos volvemos a besar. Dios… cómo besa mi chicarrón.
—Esta ensalada no es la que yo he pedido —dice una voz estridente.
Eric y yo regresamos a la realidad. Miramos a Agneta, que, con cara de enfado, protesta:
—He pedido una ensalada de queso y…
—Esto es una ensalada de queso y rábanos —la corta Björn, mirándola.
La estrellita de la CNN mira el plato que tiene delante y, adoptando una expresión más dulce,
contesta:
—Ah, vale… sí tú lo dices, entonces me lo creo.
—¿Si te lo digo yo?
Acercándose a Björn, que la mira algo alucinado, la rubia murmura:
—Sí. Si me lo dices tú.
Frida y yo nos miramos e intuyo que pensamos lo mismo. Es tonta… pero tonta de remate.
Pero vamos a ver, qué poca personalidad. ¿Qué ha visto Björn en ella?
Bueno, vale, ya sé que es un bellezón y, conociendo los gustos de mi amigo, la chica ha de ser, como
poco, una fiera en la cama. Pero hombre, no se la puede sacar sin bozal.
Todos seguimos comiendo y la conversación poco a poco se normaliza. Frida, al ser alemana como
Agneta, intenta incluirla en la conversación, pero ésta no está por la labor y se niega.
Tras los postres y las risas, Graciela le pide a la camarera:
—Póngame diez Löwenbräu para llevar.
Todos nos reímos, pero Dexter le dice a la mujer.
—Ni caso… Ni caso.
Graciela, al oírlo, lo mira y, apoyando un codo en la mesa y la barbilla en la mano, pregunta:
—¿Por qué? ¿Por qué crees que no debería llevarme alguna cervecita?
El mexicano, con una sonrisa cariñosa, responde:
—Te vas a poner mala, créeme.
Graciela suelta una carcajada. Desde hace rato, soy consciente de que su timidez brilla por su
ausencia y, antes de que yo pueda pararla, se acerca más a Dexter y dice:
—Mala estoy de ver que no quieres nada conmigo, cuando sería padrísimo que jugáramos juntos en tu
habitación del placer.
Guauuu, ¡Graciela está desatá!
—¡¿Cómo dices?! —pregunta él, totalmente descolocado.
—Sé que te gusto y mi comadre Judith también se ha dado cuenta. No disimules, güeyyyyyyyyyy.
¡Toma ya!
Frida me mira. Yo la miro.
Eric me mira. Yo lo miro.
Björn me mira. Yo lo miro.
Todos me miran y, cuando Dexter, lo hace digo:
—A ver, Graciela se refiere a…
Pero no puedo continuar.
Graciela le coge la barbilla y, delante de todos, le da un besazo de tornillo en toda regla que nos deja
patidifusos.
Otra como mi hermana. ¡Joder con las sositas!
Cuando termina, sonríe y, a escasos centímetros de la cara del mexicano, explica:
—Me refiero a esto, cielito lindo. Quiero dejar de jugar con otros para hacerlo contigo.
Madre míaaaaaaaaaa… madre míaaaaaaaaaaaa…
No sé qué hacer.
Estoy bloqueada. Graciela no para de parpadear en dirección a Dexter y él, mirándome, pregunta:
—¿A qué se refiere con lo de jugar?
Yo levanto las cejas y Dexter, alucinado, me entiende. La mira boquiabierto y dice:
—Pero por el amor de Dios, ¿con quién juegas tú?
—Con mis amigos.
—¡¿Cómo?! —grita, demasiado alto.
Graciela, con muchas cervezas en el cuerpo, responde:
—Ya que tú no quieres hacerlo conmigo, me busco la vida.
Nadie se mueve.
Nadie sabe qué hacer hasta que Eric, tomando las riendas de la situación, dice levantándose:
—Es tarde, creo que será mejor que regresemos a casa.
Todos nos ponemos en pie. Yo me acerco a Graciela y, al ver que Dexter es el primero en moverse
con su silla de ruedas, le pregunto en voz baja:
—¿Qué estás haciendo, loca?
Ella se encoge de hombros y responde:
—Decirle la verdad de una vez por todas. Creo que las cervecitas me han ayudado.
—Ya te digo si te han ayudado. Anda y tira para casa —musito.
Una vez salimos del restaurante, mientras Dexter se acomoda en el coche y Eric pliega la silla de
ruedas, Frida y Andrés se marchan. Agneta, muy diva ella, sin despedirse se mete en el deportivo de
Björn. Qué tía más antipática.
Björn, que espera a que Eric termine, me mira y sonríe, consciente de que Dexter nos escucha. Como
dice mi padre, ése sabe más que los ratones coloraos, y, cuando se despide de Graciela, susurra:
—Ha sido un placer, y lo de la cena sigue en pie. Mañana hablamos.
¡Menudo sinvergüenza!
Sin necesidad de pedirle colaboración, ya está ayudando para pinchar a Dexter. Sin más, nos da un
beso a Graciela y a mí y se marcha en su deportivo. Nosotras dos subimos al coche y, en silencio, los
cuatro llegamos hasta nuestra casa.
Una vez allí, Dexter, enfadado, se va a la habitación de la planta baja que se le ha asignado, y cuando
Graciela se va a la suya, Eric me mira y, divertido, pregunta:
—¿Por qué eres tan traviesa, pequeña?
—¡¿Yo!?
—Sí… tú.
—¿Por qué dices eso?
Acercándose a mí, insiste:
—¿Qué es eso de que Graciela juega y de que tú sabes que a Dexter le gusta esa mujer?
Divertida por cómo me mira, respondo:
—Punto uno: me lo ha confesado ella sin yo decir nada.
—Vaya, qué confianzas —murmura, besándome el cuello.
—Y punto dos: ¡es obvio! Sólo hay que mirar a Dexter cuando un hombre está cerca de Graciela para
darse cuenta de que le importa y le molesta que se fijen en ella.
Eric sonríe, me coge entre sus brazos y, tras darme un cálido beso, murmura a escasos centímetros de
mi boca.
—¿Qué te parece si jugamos un ratito tú y yo y nos dejamos de puntos?
Aprisionándome contra la pared, le devuelvo el beso y contesto:
—Encantada, señor Zimmerman.
10
Dos días después, mi cuñada Marta llama por teléfono y esa noche quedamos para salir de juerga con
ella.
¡Guau, me apetece un montón!
En un principio, habíamos quedado Graciela y yo, pero al final los chicos se apuntan. No quieren que
vayamos solas y, cuando llegamos a la puerta del Guantanamera, observo la cara de mi amor y sé que no
es un acierto que esté allí.
Cuando entramos, veo que Anita, Marta con Arthur y unos amigos ya están bailando en la pista. Yo
sonrío. Mira que le va ese bailoteo a mi cuñada la alemana. Eric la observa. Nunca la ha visto bailar así
y, sorprendido al ver cómo se contonea, pregunta:
—¿Por qué pone esas caras mi hermana?
Divertida, la miro en el momento en que Marta nos ve y, soltando una carcajada, corre hacia nosotros
con su novio detrás. Nos saludamos.
De pronto, me fijo en un chico que baila en la pista con Anita. ¿De dónde ha salido ese pedazo de
bombón? Marta, al ver la dirección de mi mirada, cuchichea:
—Impresionante, ¿verdad?
Asombrada, asiento. Se trata de un morenazo increíblemente sensual.
—Lo hemos bautizado como Don Torso Perfecto.
—Telita cómo está el Don —murmuro.
—Se llama Máximo —susurra Marta.
—¿Y quién es?
—Un amigo de Reinaldo.
—¿Es cubano?
—No, argentino y está buenísimo, ¿verdad?
—Ya te digo.
Asiento. Negarlo sería una de las mayores mentiras del mundo. Bloqueadas, estamos observando
cómo Anita baila salsa con el argentino, cuando de pronto Eric dice a mi lado:
—Tu bebida, Jud.
Al coger lo que me ofrece, veo en sus ojos que ha oído nuestra conversación y que está molesto.
Ay, mi niño, que se me pone celosón.
Sonrío. No sonríe.
Me acerco a él y, besándolo, murmuro:
—A mí sólo me gustas tú.
—Y Máximo —se mofa.
Al final, tras besuquearlo con insistencia, consigo que sonría y me bese. Durante el rato que el grupo
charla, me doy cuenta de cómo Dexter y Eric se comunican con la mirada cuando pasa una mujer que les
resulta atractiva. Me río. No me puedo enfadar. Yo también tengo ojos en la cara.
Eric paga una ronda de mojitos cuando suena una canción y casi todos gritamos:
—¡Cuba!
Sorprendido, Eric me mira. Yo comienzo a contonearme lenta y pausadamente al son de la música y
observo cómo mi marido me escanea con su azulada mirada. El vestido corto que llevo le gusta, me lo
compró él en nuestra luna de miel, y, tentándolo, digo:
—Ven. Vamos a bailar a la pista.
Mi chico arquea las cejas y niega con la cabeza.
Sólo le falta decirme «¡Ni loco!».
Estamos de regreso en Alemania y la naturalidad de sus actos en nuestra luna de miel parece haber
desaparecido. Eso me apena. Me gustaba mucho el Eric desinhibido. Me observa con gesto serio y al ver
que yo no paro de moverme, dice:
—Ve tú a la pista.
Deseosa de bailar y cantar la canción del grupo Orishas que suena, salgo a la pista con mis amigos y
bailo junto a ellos. Nuestros movimientos son lentos y sensuales. La música entra en nuestros cuerpos y
cantamos.
Represent, represent,
Cuba orishas underground de la Habana.
Represent, represent,
Cuba, hey mi música.
La pista se llena.
Todos bailamos la canción, mientras la cantamos a voz en grito y observo que Eric no me quita ojo.
Me vigila. No está cómodo.
Llega mi amigo Reinaldo. Ve a Eric y corre a saludarlo. Ambos sonríen. Mi rubio le presenta a
Dexter y Graciela y le señala dónde estoy yo. Reinaldo, con su gran sonrisa cubana, corre hacia la pista
y, agarrándome por la cintura, comienza a bailar esa calentita canción.
Represent, represent,
Cuba orishas underground de la Habana.
Miro a Eric y me doy cuenta de que ese bailecito que nos estamos marcando no le está gustando un
pelo. Rápidamente, me suelto y toda la pista comienza a saltar mientras cantamos.
Aprenderás que en la rumba está la esencia.
Que mi guaguancó es sabroso y tiene buena mezcla.
A mi vieja y linda Habana un sentimiento de mañana.
Todo eso representas,
¡Cuba-a-a!
El local entero jalea la canción y baila y, cuando termina, el Dj cambia de ritmo y yo vuelvo con mi
marido, sedienta. Cojo el mojito y le doy un trago considerable.
—¿No bailas, cielo?
Eric me mira… me mira y me mira y al ver cómo sudo, pregunta, retirándome el pelo de la cara:
—¿Desde cuándo me gusta bailar?
Su respuesta es borde a tope, pero como no quiero discutir ni recordarle que en nuestra luna de miel
bailó todo lo que quiso y más, se lo paso por alto y, agarrándole del cuello, murmuro:
—Vale, pues entonces, bésame. Eso te gusta, ¿verdad?
¡Sonríe por fin!
Me besa y disfrutamos de nuestro beso, pero de pronto Marta tira de mí, me lleva a la pista y
comenzamos a bailar la Bemba colorá. El semblante de Eric vuelve a oscurecerse. Está claro que no le
está gustando un pelo el Guantanamera.
Graciela nos mira y le hago una seña para que se nos una. No lo piensa y sale a la pista con nosotras,
mientras menea las caderas. Dexter y Eric se miran y ambos resoplan.
¡Vaya dos!
Rápidamente se nos unen Reinaldo, Anita, Arthur, un par de amigos cubanos y Don Torso Perfecto.
Madre mía. De cerca, el argentino todavía está mejor.
Como no es la primera vez que voy a ese local, ya sé cómo bailan. Hacemos un corrillo y, en medio,
pareja por pareja demuestran su gracia en el bailoteo calentito y sabrosón. Marta y yo nos movemos
como dos locas mientras gritamos «¡Azúcar!».
Cuando la canción acaba, regreso junto a Eric. Vuelvo a estar sedienta y él, con gesto incómodo, me
mira y pregunta:
—¿Va a ser así toda la noche?
Observo que Dexter le dice algo a Graciela y que ella pone los ojos en blanco. Vuelvo a mirar a mi
chico no latino y pregunto, tras beber un enooooooorme trago de mi rico mojito:
—¿No te gusta el vacilón?
Esa palabra no la entiende y, al ver su cara, insisto:
—¿No te gusta la fiesta y el buen rollito que hay aquí?
Eric, o mejor dicho, Iceman, mira alrededor y, con su sinceridad aplastante, responde:
—No. No me va nada. Pero a ti sí, ¿verdad?
Tras acabarme el mojito, lo miro y, a pesar de que sé que le molesta, contesto:
—Ya tú sabes mi amol.
Las aletas de la nariz se le mueven.
Guauuuu, ¡excitante!
Luego, acercándome a él, murmuro:
—Me pones como a una Ducati cuando eres tan terrenal.
Pego mi cuerpo al suyo. Incluso con tacones le llego a la nariz. Eric no se mueve. Sólo me mira y yo
empiezo a mover mi cuerpo lentamente al compás de la música. Noto su erección y, besándolo, pregunto:
—¿Quieres que nos vayamos a casa?
Asiente sin dudarlo y yo sonrío.
Cuando llegamos, son las dos y cuarto de la madrugada, nos despedimos de Dexter y Graciela y,
cuando entramos en nuestra habitación, Eric sigue ceñudo.
Yo estoy algo perjudicá con los mojitos y, acercándome, digo:
—Oye, cariño…
Pero no puedo decir más.
Iceman me agarra entre sus brazos y, con una pasión que me deja sin habla, me besa y me devora. Me
empotra contra la pared y, arrancándome las bragas, dice cerca de mi boca, mientras se desabrocha los
pantalones:
—No me gusta que bailes con otros.
Me penetra de un empellón que me hace jadear.
—No quiero que vuelvas a ir a ese sitio, ¿entendido?
Su pasión me enloquece, pero tonta no soy. Me agarro con fuerza a sus hombros y, mirándolo,
respondo sin perder la cordura:
—Mis amigos van allí, ¿dónde está el problema?
El semblante de Eric se torna de nuevo sombrío. Agarra mis caderas, me vuelve a apretar contra él y
yo grito. Su profundidad me vuelve loca, ¡me encanta!, y sisea:
—No me gusta ese local.
Lo beso y, cuando separo mis labios de los suyos, contesto:
—A mí sí. Me lo paso bien y no hago mal a nadie.
—Me lo haces a mí —masculla, empalándome de nuevo.
Me falta el aire. Pero nuestro caliente juego me gusta y, deseosa de más, susurro:
—No, cariño. A ti nunca te haría mal.
Tras una nueva penetración, Eric jadea y murmura:
—Demasiados hombres mirándote.
—Pero sólo soy tuya.
Su boca vuelve a tomar la mía. Sus manos bajan a mi trasero. Me sujeta por él y me penetra una y otra
vez. No descansa. Está furioso y su furia me encanta. Me abro. Me deleito con ese momento tan terrenal.
Tan pasional hasta que mi cuerpo no puede más y, apretándome contra él, un placer intenso y adictivo
sale de mí.
Eric, al notarlo, incrementa sus acometidas una y otra y otra. Se hunde en mí sin descanso hasta que
un varonil gruñido me hace saber que ha llegado al límite.
Sin soltarnos, seguimos contra la pared. Nos encanta esa clase de sexo. Nuestras respiraciones están
agitadas y, mirándolo, digo:
—Vaya, te ha excitado el Guantanamera.
Él me mira y, al ver mi sonrisa, al final sonríe también y dice, abrazándome:
—Me excitas tú, pequeña… sólo tú.
No vuelve a prohibirme nada. Sabe que no debe. Aunque ya me ha quedado claro lo que piensa del
Guantanamera.
Esa noche, tras hacer de nuevo el amor como salvajes bajo la ducha, dormimos abrazados y muy…
muy enamorados.
Los días pasan y Dexter y Graciela no avanzan.
Me tienen aburrida.
Björn llama para cenar con Graciela, ella acepta y Dexter no dice nada.
Pero ¿este hombre no tiene sangre en las venas?
Al día siguiente le pregunto a Graciela por su cita y, encantada, me comenta que Björn se comportó
como un caballero en todo momento. Cero sexo.
Sinceramente, no me sorprende. Si algo tiene Björn, aparte de estar buenísimo, es que es un auténtico
gentleman y un buen amigo de sus amigos.
El colegio de Flyn comienza. En su primer día de clase está nervioso. Durante el trayecto, Norbert y
yo sonreímos al verlo tan feliz. Lleva en su mochila el regalo que ha hecho para su amiga especial Laura
y está deseoso de dárselo.
Pero su expresión ya no es la misma cuando vamos a buscarlo por la tarde. Está triste y compungido.
—¿Qué ocurre? —le pregunto.
Con lágrimas en los ojos, mi pequeño coreano alemán me mira y murmura, con el regalo aún envuelto
en sus manos.
—Laura ya no está en el colegio.
—¿Por qué?
—Me ha contado Ariadna que sus padres se han mudado de ciudad.
Ay, mi niño. Su primera decepción en el amor.
Qué pena. ¿Por qué el amor es siempre tan puñetero?
Lo abrazo y se deja abrazar mientras Norbert conduce. Beso su cabecita morena e, intentando buscar
las mejores palabras que mi padre diría, consigo decir:
—Escucha, Flyn, entiendo que estés triste por no ver a Laura, pero tienes que ser positivo y pensar
que ella, aunque no esté en este colegio, está bien. ¿O preferirías que estuviera mal?
El crío me mira, niega con la cabeza y dice:
—Pero ya no la volveré a ver.
—Eso nunca se sabe. La vida da muchas vueltas y quizá algún día te vuelvas a reencontrar con tu
amiga.
Mi pequeño no contesta e, intentando que sonría, propongo:
—¿Qué te parece si vamos a comprarle algunos regalos a Eric? El sábado es su cumpleaños.
Asiente. Rápidamente, le indico a Norbert que se desvíe y nos lleve a una joyería donde sé que hay
un reloj que a mi marido le gusta. Cuesta un pastizal, pero oye, ¡nos lo podemos permitir!
Cuando entramos en la joyería, a mí no me conocen, pero a Flyn y a Norbert sí y, cuando digo que soy
la señora Zimmerman, sólo les falta ponerme una alfombra roja y tirar pétalos de rosa a mi paso.
¡Qué fuerte! Lo que hace el tener dinero.
Tras comprar el reloj y una pulsera de cuero negro que a Flyn le ha gustado para su tío, dejo que lo
envuelvan todo para regalo y me entristezco al ver la carita de mi sobrino. No me gusta verlo tan triste,
después de que el último mes haya estado tan feliz. Cuando subimos al coche, intento que sonría.
—¿Sabes que dentro de dos fines de semana participo en una carrera de motocross junto con Jurgen?
—¡Haaaala! ¿Sí?
Asiento y pregunto:
—¿Quieres ser mi ayudante?
El crío asiente, pero no sonríe y yo insisto:
—¿Qué te parece si el próximo fin de semana comenzamos tus clases con la moto?
Su expresión cambia y los ojitos se le iluminan.
Desde antes de nuestra boda, el pequeño quiere aprender a montar en moto y por eso le pedí a mi
padre que aprovechara el verano y le enseñara primero a montar en bicicleta. Eso me facilitaría la tarea.
Pienso en Eric y se me abren las carnes. Sé que esas clases me traerán más de un dolor de cabeza,
pero también sé que finalmente Eric aceptará. Mi chico prometió cambiar su actitud ante todos y ha de
demostrarlo.
Flyn comienza a hacerme preguntas de la moto. Yo le respondo como buenamente puedo, hasta que
me mira y dice:
—El tío Eric se enfadará, ¿verdad?
Quitándole importancia, lo beso en la cabeza y contesto, convencida de que tiene razón:
—Tú, tranquilo. Te prometo que lo convenceré.
Pero Flyn y yo acertamos. Esa tarde, cuando Dexter y Graciela se marchan para arreglar unos asuntos
de su empresa, le hablo a Eric sobre el tema y se enfada.
—¿Y por qué has tenido que recordárselo? —me dice, desde el otro lado de la mesa de su despacho.
—Escucha, Eric —respondo, mirando la estantería con sus armas—. Flyn estaba destrozado por la
pérdida de Laura y yo he pensado que…
—Has decidido que cambiara a Laura por una moto, ¿no?
Lo miro. Me mira.
Nos retamos como siempre con la mirada y añado:
—Antes de la boda le prometiste que aprendería a montar en moto.
—Sé lo que le prometí. Lo que no entiendo es por qué has tenido que recordárselo.
En eso tiene razón. Como siempre, he sido demasiado impulsiva. No pienso las cosas y así me va
luego. Pero como no escarmiento, añado:
—Él me lo hubiera pedido igualmente. Dentro de dos fines de semana participo con Jurgen en una
carrera y…
—¿Que vas a hacer qué?
Oh… oh… Mal rollito.
Frunce el cejo y noto que se tensa. Pero dispuesta a que cumpla lo que prometió en su día, aclaro:
—Te lo dije. Lo sabes desde hace un mes. Te dije que Jurgen me avisó de esa carrera y tú mismo me
dijiste que te parecía bien que participase. ¿Por qué si no ordenaste que trajeran mi moto en tu avión?
Asombrado, me mira y pregunta:
—¿Yo lo ordené?
—Sí. Y si tienes menos memoria que Doris, la amiga de Nemo, ¡no es mi problema! —Y antes de que
diga nada más, añado—: Pero bueno, eso ahora no importa, lo que importa es hablar de Flyn.
Eric me mira con el cejo fruncido.
—Comienza el curso escolar y no quiero que se distraiga de los estudios. Deja las clases de moto
para la primavera.
—¡¿Cómo?!
—Jud, por el amor de Dios. A Flyn le da igual aprender ahora que dentro de un tiempo.
—Pero yo le he prometido que…
—Lo que tú le hayas prometido no es asunto mío —me corta con voz seca—. Además, la moto de
Hannah o la tuya son muy altas para él. Habría que comprar una adecuada para un niño.
—Buenooooo… —resoplo.
Yo aprendí con la moto de mi padre y aquí estoy, ¡enterita!
—Mira, Jud, está claro que aprenderá a montar en moto, pero ahora no es el momento.
—Ahora sí lo es.
Tensión…
Mucha tensión.
—Jud… —sisea.
Sin amilanarme, respondo:
—Eric…
Llevaba un tiempito sin sentir esta sensación. Me mira con sus helados ojos de Iceman y mi estómago
se contrae. Dios, ¡cómo me pone! Y cuando voy a decirle que no quiero discutir, suena el teléfono. Eric
lo coge, me hace una seña y yo entiendo que es trabajo.
Espero cinco minutos para retomar la conversación, pero al ver que aquello se alarga, decido salir
del despacho e ir a la cocina a tomar algo. Cuando entro, me encuentro con Flyn allí sentado. Vuelve a
estar cabizbajo. Sostiene todavía el paquetito envuelto para Laura y al verme me mira y dice:
—No quiero que el tío y tú discutáis.
—No pasa nada, cariño.
—Pero he oído que el tío se ha enfadado.
—Se ha molestado porque ha recordado que yo voy a participar en una carrera de motos, no porque
tú vayas a aprender —le miento y, al ver su carita, insisto—: No pasa nada, cielo, créeme.
—Sí, sí pasa. Os enfadaréis y tú te volverás a ir.
Al oír eso, sonrío. Mi pitufo gruñón me quiere y eso me llega al corazón. Por eso, sentándome en una
silla a su lado, hago que me mire.
—Mira, Flyn, tu tío y yo nos queremos muchísimo, pero aun así somos tan diferentes en tantas cosas
que nos va a resultar muy difícil no discutir. Pero aunque discutamos, eso no quiere decir que yo me vaya
a ir, porque para que yo me vaya y te deje a ti y a él, tiene que ocurrir algo muy… muy… muy grave y eso
no voy a permitir que ocurra, ¿de acuerdo?
El niño asiente. Lo cojo de la mano y hago que se siente sobre mis piernas. Todavía me sorprende
haber conseguido esa cercanía y, cuando me abraza y apoya su cabecita en mi hombro, murmuro:
—Me encantan tus abrazos, ¿lo sabías?
Noto que sonríe y, durante más de cinco minutos continuamos así, sin hablar y sin movernos, hasta
que él, mirándome de nuevo, dice:
—A mí me encanta que vivas con nosotros.
Ambos reímos y volviéndome a sorprender, añade, cogiendo mi mano:
—Ya que Laura se ha ido, quiero que el regalo sea para ti.
—¿Estás seguro?
Flyn asiente y yo cojo el regalo.
Abro el papel y sonrío al ver una pulserita hecha a mano con las piezas de un juego de las Bratz de mi
sobrina, que, curiosamente, es de mi color preferido: ¡Lila!
—Es preciosa, ¡me encanta!
—¿Te gusta?
—Por supuesto que me gusta. —Y, poniéndomela, extiendo la mano y pregunto—: ¿Qué tal la ves?
—Te queda muy bien. Además, la hice de tu color preferido.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo dijo Luz y recuerdo que un día el tío también lo comentó.
Saber eso me hace sonreír y, dándole un beso, murmuro:
—Gracias, cariño. Me encanta el regalo.
—No discutas con el tío por mí.
—Flyn…
—Prométemelo —insiste.
Deseosa de que vuelva a sonreír, pongo mi pulgar junto al suyo y afirmo:
—Te lo prometo.
Me abraza con fuerza. Tan fuerte que hasta me hace daño en los hombros, pero no me quejo y,
dispuesta a que ese niño sea feliz sí o sí, digo haciéndole cosquillas:
—Te voy a comer a besos, ¿sabes?
Él suelta una carcajada y yo, encantada, me río también, hasta que de pronto los dos somos
conscientes de que Eric está en la puerta. Nos mira. Su mirada, como siempre, me impacta. Se acerca a
nosotros y, agachándose para estar a nuestra altura, dice:
—Punto uno —eso me hace sonreír—, Judith no se va a ir de nuestro lado nunca, ¿entendido? —El
crío asiente y Eric prosigue—: Punto dos, compraremos una moto para un niño de tu edad, así podrás
comenzar las clases con Jud. Y punto tres, ¿qué te parece si ahora nos vamos de compras para que Jud
sea la más guapa en la Oktoberfest?
Flyn parpadea, se tira a los brazos de su tío y después sale corriendo de la cocina. Yo todavía no
entiendo nada. ¿Qué ha pasado? No me muevo cuando mi loco amor, arrodillado ante mí, murmura:
—Muy… muy… muy… muy grave tiene que ser lo que ocurra entre tú y yo para que te deje marchar,
¿entendido, pequeña?
Al escuchar eso, sonrío y pregunto:
—Has escuchado la conversación, ¿verdad?
Eric asiente y, acercando su boca a la mía, susurra:
—He escuchado lo suficiente como para saber que mi sobrino y yo estamos locos por ti y que ya no
sabemos vivir sin nuestra morenita.
Me desarma…
Sus palabras derriban todas mis defensas…
Lo beso y, gustoso, responde. Le deseo desesperadamente y cuando mis manos lo agarran con más
pasión, Eric me para y dice:
—Aunque lo que más deseo en el mundo en este momento es desnudarte y hacerte mía mil veces,
ahora no puede ser.
Yo protesto.
Él sonríe y dice al ver mi cara:
—Flyn regresará en seguida para que nos vayamos de compras.
—¿De compras, adónde?
Una vez nos levantamos los dos, mi chico me besa… me besa… me besa y, cuando he perdido el
sentido común por completo, dice, dándome un empujoncito en el trasero:
—Vamos, debemos ir a comprarte algo bonito para la gran fiesta de Múnich.
Horas después, en una tienda de lo más típica, nos encontramos con Dexter y Graciela. Al vernos,

vienen a nuestro encuentro y me divierto comprando los trajes típicos bávaros. ¡Nos vamos de fiesta!


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