Capítulo 29
—Quiero enseñarte algo —dice Jesse mientras me
saca del coche en el aparcamiento del Lusso.
»¿Quieres que te lleve en brazos? —No sé por qué
me pregunta eso, porque antes de que mi
cerebro registre la pregunta, ya estoy en ellos.
—¿Qué quieres enseñarme? —digo, y apoyo la
cabeza en su hombro.
Son las primeras palabras que pronuncio desde
que he visto partir a Dan en el despacho de
Jesse, y no porque él no me haya hablado. Ni
siquiera he podido reunir fuerzas para gruñirle una
advertencia a Sarah cuando hemos pasado por
delante de ella en el vestíbulo de La Mansión. Se ha
limitado a sonreír con nerviosismo y se ha
abstenido de ponerle las manos encima a Jesse,
apartándose casi con cautela, como si esperara
que fuera a golpearla. Su sorpresa al ver que
ignoraba su presencia ha sido evidente. Me he
apartado y he dejado que Jesse hablara de sus cosas
de negocios con ella. Y sé que eso es lo que era
y lo único que será: negocios.
—Ahora verás.
Entramos en el vestíbulo del Lusso y sonrío al
oír la voz alegre de Clive. No es tan guapo como
nuestro nuevo conserje, pero siempre preferiré
la cara curtida por la edad de Clive al precioso rostro
fresco de Casey.
—¡Enhorabuena! —exclama. No me sorprende. Si no
ha sido Jesse quien lo ha puesto al
corriente, habrá sido Cathy—. ¡Qué gran noticia!
—Su voz se aproxima mientras mi marido me
transporta por el suelo de mármol hacia el
ascensor—. Yo lo llamo, señor Ward. —Se pone delante
de Jesse e introduce el código del ascensor del
ático.
—Gracias, Clive —responde Jesse, feliz de que
alguien le recuerde a sus cacahuetes. No ha
intentado forzar ninguna conversación durante el
trayecto de vuelta a la ciudad, y me ha dejado
reflexionar sobre mi reciente descubrimiento: el
descubrimiento de que mi hermano es un idiota y de
que mi marido ha perdido doscientas mil libras
por ello.
—De nada, señor Ward, de nada. Cuídate, Ava —me
dice con severidad, y yo sonrío con cariño
mientras su cara gruñona desaparece tras las
puertas.
—Has dejado que Clive me llame Ava —señalo de
manera distraída.
Me mira con una ceja enarcada y admonitoria.
—¿Y?
—Nada. —Consigo reunir fuerzas para curvar los
labios y esbozar una sonrisa. La posesividad
de mi esposo me hace gracia y me proporciona las
energías necesarias.
—Haré como que no te he oído. —Se esfuerza por
no sonreír mientras salimos del ascensor.
Entramos en el ático y cierra la puerta de una
patada.
—Pronto no podrás llevarme en brazos —gruño
aferrándome a él con más fuerza. Lo echaré
muchísimo de menos, pero sé que no podrá
cargarme con tanta facilidad, como si fuese una extensión
de su cuerpo, cuando esté a punto de explotar y
haya doblado mi tamaño.
—No te preocupes, señorita. —Me besa en la
frente y se vuelve para pegar la espalda a la
puerta del despacho—. He doblado el peso que
levanto para prepararme.
Lanzo un grito ahogado de indignación y le doy
un tirón de pelo.
—¡Oye! —protesto.
Me deja en el suelo, aunque sigo agarrándolo del
cabello.
—Eres una bruta. —Se ríe y agacha la cabeza para
que no le tire tanto—. ¿Piensas soltarme?
—Discúlpate.
—Lo siento. —Sigue riéndose—. Lo siento.
Suéltame.
Es gracioso. Podría detenerme cuando quisiera,
pero deja que tenga el poder, al menos por
ahora. Lo suelto y me quito los zapatos.
—Me duelen los pies —me quejo, moviendo los
dedos—. ¿Qué hacemos en tu despacho?
—Quería enseñarte algo.
—¿Es una foto de Jake? —pregunto, esperanzada y
probablemente demasiado ilusionada.
Quiero ver qué aspecto tenía el hermano mellizo
de Jesse.
—Pues no. —Su arruga característica aparece en
su frente.
—Entonces ¿qué? —pregunto totalmente intrigada.
De repente parece incómodo y nervioso
como un chiquillo—. ¿Qué te pasa?
—Date la vuelta —me ordena suavemente metiéndose
las manos en los bolsillos.
No estoy segura de querer hacerlo. Lo miro
esperando alguna explicación pero sigue sin decir
nada, con la arruga fija en su sitio. Está
preocupado, lo que hace que yo también me preocupe y que
tenga mucha, mucha curiosidad. Me vuelvo
lentamente. Quiero cerrar los ojos, pero estoy demasiado
intrigada como para hacerlo, y entonces veo la
pared y se me corta la respiración. Un grito ahogado
escapa de mi boca abierta y sé que he dado un
paso atrás porque choco contra el pecho de Jesse. O
puede que él haya dado un paso hacia adelante
para evitar que me cayera de culo, no estoy segura. Ni
siquiera soy capaz de asimilarlo. Mis ojos se mueven
de un lado al otro de la inmensa pared.
Está completamente cubierta de... mí.
Cada milímetro cuadrado es mío. No son
fotografías enmarcadas, ni impresas en lienzo. Es
papel pintado, aunque apenas lo parece. Todas
las láminas están perfectamente unidas, de manera
que parece una gigantesca obra de arte, un
homenaje a mí, y la pieza más grande, la pieza central, soy
yo en la cruz de nuestra habitación de La
Mansión. Estoy desnuda, con la mirada baja y los labios
separados. Mi pelo es una masa de rizos brillantes
y enmarca mi rostro lujurioso, y la sensualidad
que emana de mi cuerpo sigue siendo tangible en
la imagen congelada. Puedo sentirla.
Empiezo a desviar la mirada lentamente,
absorbiéndolo todo. Esto es demasiado, y lanzo otro
grito ahogado al ver una imagen dinámica de
espaldas bajando a toda prisa los escalones de La
Mansión. Puede que no parezca nada importante,
pero puedo ver perfectamente una cala que se
expande desde un lado de mi cuerpo a la fuga.
Entonces reparo en mi vestido. Es el azul marino de
tubo, el que llevaba puesto la primera vez que
me reuní con el señor Jesse Ward.
—Ésa es la primera que hice —murmura—. Después
se convirtió en una especie de obsesión.
Habla con voz baja e insegura. Me vuelvo,
todavía con la boca abierta. No puedo articular
palabra. El nudo que tengo en la garganta me lo
impide. Se está mordiendo el labio y me observa
detenidamente. Trago saliva y me vuelvo de nuevo
hacia la pared.
La pared de Ava.
Estoy por todas partes. Estoy en la noche de la
inauguración del Lusso; en el banco de los
muelles tras nuestro encuentro; en la ducha, en
la cocina, en la terraza... Estoy en los probadores de
Harrods, sentada en mi taburete en el bar de La
Mansión. Vestida con cuero de motorista, y
alejándome de él cabreada con un jersey de punto
enorme. Sonrío al ver tantas fotos de mi espalda
tomadas mientras huía de él, probablemente
después de haber recibido una cuenta atrás o con una
pataleta. Estoy desnuda en infinidad de ellas, o
vestida sólo con ropa interior de encaje. Aparezco
también esposada a la cama, y nadando en la
piscina de La Mansión. Estoy riéndome con Kate;
apartándome el pelo de la cara; comiendo en el
Baroque; bailando con mis amigos; golpeteándome el
diente con el dedo. También estoy tirada en el
asiento del acompañante del DBS, claramente
borracha. Estoy corriendo hacia el Támesis y
tumbada en el suelo del Green Park. Estoy empujando
un carrito de la compra en el súper, poniéndome
ropa cómoda al llegar a casa y cepillándome los
dientes. Estoy dormida en el jet privado, y de
pie en el porche del Paraíso. Estoy rebuscando en los
puestos del mercado, caminando sobre la arena de
la playa y haciendo el desayuno en la villa.
Volvimos de España ayer. ¿Cómo lo ha hecho?
Estoy dormida en su cama y dormida en sus brazos...,
hay muchas de ésas. Absolutamente todas mis
expresiones faciales y todos mis hábitos aparecen en
esas fotografías. Es mi vida en imágenes desde
que lo conocí. Y nunca me había dado cuenta. Está
realmente obsesionado conmigo, y de haber sabido
esto al principio, como cuando me acosaba
persistentemente, creo que habría echado a
correr aún más lejos. Pero ahora ya no. Ahora sólo me
recuerda después de un día agotador el amor que
mi hombre siente por mí.
De pronto me doy cuenta de que mis pies me han
llevado hasta el borde de la pared. Estoy
recorriendo lentamente toda su longitud, y cada
vez que muevo los ojos veo una imagen que no había
visto antes.
—Toma. —La voz grave de Jesse me hace apartar
los ojos de la pared de Ava y centrarlos en
un rotulador permanente que me está ofreciendo.
Al verlo, sonrío—. Quiero que la firmes.
Cojo el rotulador y lo miro, sin saber muy bien
si lo dice en serio o no. ¿Quiere que raye su
pared de Ava?
—¿Que la firme con mi nombre? —pregunto, un poco
confundida.
—Sí, como quieras —dice abarcando las imágenes
en general con un gesto de la mano.
Vuelvo a mirar la pared y me río ligeramente,
sorprendida todavía de lo que tengo delante.
Avanzo, quito la tapa y busco un espacio libre
donde poder estampar mi firma, pero entonces veo la
primera foto que me hizo y me acerco a ella
armada con el rotulador. Sonrío para mis adentros y
empiezo a escribir bajo la imagen en la que
estoy huyendo de La Mansión.
ESTE DÍA TE CONOCÍ.
ÉSTE FUE EL PRINCIPIO DEL RESTO DE MI VIDA.
A PARTIR DE ESTE MOMENTO ME CONVERTÍ EN «TU AVA».
Después me acerco a la imagen en la que estoy
sentada en el muelle la noche de la inauguración
del Lusso.
ESTE DÍA ME DI CUENTA DE LO COLADA QUE ESTABA.
Y DESEABA LLEGAR MUCHO MÁS LEJOS CONTIGO.
Avanzo por la pared hasta la foto en la que
aparezco borracha en el coche de Jesse y sonrío
mientras escribo:
ESTE DÍA DESCUBRÍ QUE SABES BAILAR. Y TAMBIÉN ME ADMITÍ A MÍ
MISMA QUE ESTABA ENAMORADA
DE TI, Y CREO QUE ES POSIBLE QUE TE LO
CONFESARA.
He cogido carrerilla. Pronto encuentro la foto
en la que llevo puesto el jersey enorme después
de que él me obligara a ponérmelo.
ESTE DÍA DESCUBRÍ QUE SÓLO TÚ PUEDES MIRARME.
Y después escribo debajo de una en la que estoy
saliendo desnuda de la habitación después de
habérmelo encontrado inconsciente en el Lusso, y
después de que me mostrara su manera de hablar.
ESTE DÍA DESCUBRÍ QUE SÓLO TÚ PUEDES TOCARME Y DISFRUTARME.
PERO MI PARTE FAVORITA DEL DÍA FUE CUANDO ME DIJISTE QUE ME
QUERÍAS.
Mi rotulador se dirige a la imagen en la que
estoy esposada.
ESTE DÍA ME ENSEÑASTE EL POLVO DE REPRESALIA.
Busco por la pared y veo una foto en la que
estoy delante de él atravesando el vestíbulo del
Ritz.
ESTE DÍA DESCUBRÍ CUÁNTOS AÑOS TIENES... Y QUE NO TE GUSTA QUE TE
ESPOSE.
No puedo parar. Todas y cada una de las imágenes
me traen a la mente un pensamiento, y acabo
expresando en todas ellas mis recuerdos en
palabras. Él no me detiene, así que continúo, como si
estuviera contando en un diario los últimos
meses de mi vida. No necesito las imágenes, todos y cada
uno de esos momentos están grabados en mi
cerebro, los buenos y los malos, pero éstos son todos
buenos. Y hay una infinidad de ellos. A veces es
demasiado fácil olvidarse cuando las cosas menos
buenas se interponen. Nuestro breve tiempo
juntos ha estado bombardeado con cosas malas, pero
todas estas cosas buenas superan esos momentos
difíciles. Él acaba de recordármelo.
Me duele la mano para cuando llego a la última
foto (la última por ahora). Estoy segura de que
se me ocurrirán más subtítulos que añadir. Es
una en la que estoy de pie en el porche del Paraíso.
Acerco el rotulador a la pared.
HOY HE DECIDIDO QUE TIENES RAZÓN. TODO SALDRÁ BIEN.
Y SÍ, TENGO UN PEQUEÑO BOMBO... Y TE AMO POR HABÉRMELO HECHO.
TE AMARÉ SIEMPRE.
Y PUNTO.
Vuelvo a poner la tapa, respiro hondo y por fin
me vuelvo hacia mi señor. Me estrello contra su
pecho y percibo su esencia fresca. Levanto la
vista y lo veo con la expresión muy seria y los ojos
verdes apagados.
—Ya he terminado —susurro en voz baja, pero él
no me mira. Está estudiando todos mis
mensajes, y sus ojos recorren la pared y se
detienen cada dos por tres para leer lo que he escrito.
Coge el rotulador y avanza hacia la imagen en la
que estoy huyendo de La Mansión hasta que
casi se queda pegado a la pared. No veo lo que
está escribiendo, y me asomo por un lado de su
cuerpo para intentar verlo, pero está demasiado
cerca. Por fin se aparta y lo veo, escrito encima de la
foto.
ESTE DÍA MI CORAZÓN EMPEZÓ A LATIR DE NUEVO.
ESTE DÍA TE CONVERTISTE EN «MI AVA».
Aprieto los labios con fuerza y veo cómo avanza
hacia la imagen en la que estoy sentada en el
largo césped de los jardines de La Mansión con
mi vestido de novia de encaje de color marfil de los
pies a la cabeza y con el sol brillando a través
de los árboles que tengo detrás. Estoy mirando hacia
otra parte, probablemente al fotógrafo. Una vez
más, Jesse se pega a la pared, y después se aparta y
mordisquea el extremo del rotulador. Ha dibujado
un halo perfecto por encima de mi cabeza y ha
escrito:
MI CHICA PRECIOSA. MI SEDUCTORA DESAFIANTE. MI SEÑORITA.
MI ÁNGEL.
MI AVA.
Sonrío y doy un paso hacia adelante. Le quito el
rotulador de la boca y lo obligo a salir de su
ensueño. Coloco la tapa y lo dejo caer al suelo.
Después trepo por su enorme cuerpo hasta que lo
envuelvo con el mío.
Me coge del culo y clava los ojos en mí.
—Ava, hoy ha sido el día más largo de mi vida.
—¿Más largo que el último día más largo?
—Cada vez se me hace más largo. Me he
acostumbrado demasiado a tenerte conmigo a todas
horas. Creo que me debes un poco de tiempo
especial. —Esas palabras hacen que le deslice la
chaqueta del traje por los brazos y mis labios
comienzan a devorarlo con ansia—. Despacio —me
advierte con suavidad, y estira los brazos para
facilitar que le quite la prenda—. ¿A qué viene tanta
prisa?
Obligo a mis labios a relajarse, pero es más
fácil decirlo que hacerlo después de no tenerlo
durante dos días enteros.
—Ha pasado demasiado tiempo —farfullo tirando de
su corbata y probablemente
estrangulándolo en el proceso. No me aparto de
su boca para confirmarlo.
—Eh. —Tira de mis extremidades intentando
desengancharme de él. No se lo pongo fácil,
aunque no tarda mucho en ponerme con los pies en
el suelo de nuevo, jadeando y sin contacto físico.
Se aparta, se quita la corbata por la cabeza y
los Grenson y los calcetines con los pies. Su
mirada es ardiente, como si quisiera quemar con
ella mi vestido.
—Quítate el vestido —ordena mientras se
desabrocha los botones de la camisa y después los de
los puños sin interrumpir el contacto visual.
Esto no ayuda a sofocar mis ansias en absoluto, pero es
su manera de hacerse con el poder, su manera de
obligarme a controlarme, una expectativa bastante
absurda teniendo en cuenta que se está
desnudando delante de mí.
Tardo tres segundos en bajarme la cremallera y
en quitarme el vestido por la cabeza. Me quedo
en lencería de encaje y lanzo una mirada rápida
a mi vientre para ver si ha crecido durante el día.
Inspiro hondo y me preparo mentalmente,
apartando la mirada ligeramente de mi magnífico marido,
que está a tan sólo unos metros de distancia.
Sin duda tiene razón, y tengo el vestido negro de tubo
para demostrarlo. A partir de ahora todo irá de
mal en peor. Levanto la mano y la deslizo por mi
barriga. Mis anillos relucen mientras trazo
lentos círculos alrededor de mi ombligo. Nuestro vínculo
está creciendo, y lo hace a gran velocidad. Una
parte de mí y una parte de Jesse. Dos partes, de
hecho, crecen en mi interior, y de repente, al
pensarlo, me invade una sensación de ternura que jamás
había sentido, una ternura que se acentúa cuando
él pone la mano sobre la mía y se inclina y me
levanta la cara para acceder a mi boca.
—Es increíble, ¿verdad? —pregunta, y vuelve a
colocarme sobre su cuerpo cogiéndome de los
muslos sin ningún esfuerzo.
—Sí —asiento con sinceridad—. Igual que tú.
—Y que tú.
—Tú más —respondo—. Demuéstrame lo increíble que
eres. Se me ha olvidado. —Provoco su
arrogancia con esas palabras y arqueo la espalda
para elevarme más en su cuerpo, de manera que
tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para
mantener nuestro beso. El leve gruñido que profiere
atraviesa nuestras bocas unidas y me calienta
más todavía.
Sale de su despacho y cruza el inmenso espacio
diáfano del ático. Me tumba sobre la enorme
rinconera y tira de mí de manera que la parte
inferior de mi cuerpo queda levantada sobre el brazo
del sofá. Se quita los pantalones y los
calzoncillos y su magnífica polla hace su aparición, dura,
dispuesta y al alcance de la mano, pero entonces
se arrodilla y la aparta de mi vista.
No tengo tiempo de quejarme. Me quita las
bragas, me separa las piernas y pega la boca a uno
de mis muslos rápidamente, besándolo con
cuidado. Después me besa el otro, tentándome
juguetonamente. Asciende poco a poco y oscila
entre uno y otro con suavidad, subiendo un poco más
a cada beso y separándome las piernas con las
manos mientras se dirige a mi centro palpitante.
—Jesse. —Tomo aire. Necesito mover las piernas.
Levanto una mano para agarrarme al cuero
del respaldo del sofá y lo cojo de la nuca con
la otra.
—¿Ya te acuerdas de lo increíble que soy?
—pregunta, muy serio, retirándose y acariciando con
su aliento mi piel desnuda.
—¡Sí! —Me tiemblan las manos mientras su fresca
respiración recorre mi cuerpo y se cuela
entre mis muslos—. ¡Joder! —Intento cerrar las piernas
al sentir el primer contacto de su lengua en
mi clítoris, pero sólo está jugando conmigo,
dándome pistas de lo que está por llegar, y mis piernas
no se mueven de ninguna manera más que como él
decide, que es más separadas, volviéndome más
sensible, más abierta y más extasiada.
—Esa boca, Ava. —Su lengua me penetra y me
acaricia el sexo de una manera
indescriptiblemente deliciosa. Lanzo un grito y
niego con la cabeza—. ¿Cómo es? ¿Increíble? —Es
engreído y está muy seguro de sí mismo, y lo
cierto es que se ha ganado ese privilegio—. Dime cómo
es, nena.
Lo estoy agarrando con fuerza del pelo, y eso
debería valerle como respuesta, eso y mis
murmullos inaudibles. Estoy viendo las
estrellas, siento chispas en el vientre y mis pobres piernas
son incapaces de moverse. Y entonces siento sus
dedos dentro de mí, dejo de agarrarme al sofá y a su
pelo y me llevo las manos a mi propia cabeza.
Los músculos de mi estómago se tensan cuando elevo
la parte superior del cuerpo para intentar
sofocar la tremenda oleada de placer que desciende desde
mi vientre hasta mi sexo. En mi frenesí, decido
que quiero verlo, de modo que me incorporo,
apoyada sobre los hombros, y dejo descender la
mirada por todo mi cuerpo. Tiene la mano apoyada
en mi estómago mientras me folla con los dedos
lentamente.
—Dímelo —insiste mientras entra en mí con una
precisión angustiante.
—Es como si estuvieras hecho a mi medida —digo
en un tono tan uniforme y seguro como la
expresión de su rostro. Él también lo piensa.
Sonríe y se inclina para besarme con ternura mi
piel sensible. Después se pone de pie, me
agarra por debajo de los muslos y eleva la parte
inferior de mi cuerpo para colocarse bien. De
repente me encuentro levantando también mi parte
superior, apoyada sobre las palmas de las manos
para poder ver cómo me penetra. Y es una escena
maravillosa. Los dos nos centramos en su rígida
polla mientras la acerca a mí sin usar las
manos, como si tuviera un dispositivo de localización que
la lleva justo a donde pertenece. Llega al
umbral de mi cuerpo y la mantiene ahí unos instantes,
limitándose a acariciar mi húmedo vacío
juguetonamente. Impaciente como siempre, enrosco las
piernas alrededor de sus lumbares y tiro de él
hacia mí, pero no se mueve. No hasta que él lo diga. Y
no lo dice. Sonríe con una sonrisa maliciosa
casi imperceptible y con la vista baja, tentándome
todavía con irregulares y tortuosas caricias con
el resbaladizo glande sobre mi pequeño manojito de
nervios hipersensibles. Me está matando, y me
muero por dejarme caer sobre el sofá, pero estoy
demasiado cautivada por el cruel placer que me
inflige.
—¿Probamos con la penetración? —pregunta, aún
sin mirarme. Voy a perder el sentido, pero la
parte desafiante que hay en mí, unida a su
segura actitud, me obliga a querer igualar su aplomo.
—Si quieres. —Mis palabras calmadas y distantes
hacen que sus verdes ojos se desvíen de su
punto de enfoque con un brillo de sorpresa.
—¿Si quiero? —Me penetra muy ligeramente, pero
lo suficiente como para obligarme a
reprimir un gemido. Sé que me hará esperar más
si me muestro impaciente y exigente, de modo que lo
controlo.
—¿Qué tal si quieres tú? —Se introduce un poco
más. Sé que acabo de abrir los labios y sé que
mi pecho se agita a gran velocidad. Hago todo lo
posible, pero todas las fibras de mi ser están
cediendo. Con un brazo me sostiene en el sitio y
con la otra mano tira hacia abajo de mi sujetador por
delante. Me pellizca los pezones con fuerza y yo
contengo un grito de placer mezclado con un dolor
intenso—. Mi chica preciosa está intentando
hacerse la dura —dice agarrándome con más fuerza,
listo para clavármela hasta el fondo—. Es una
pena que se le dé tan mal fingir indiferencia. —Pero
en lugar de hacerlo con brío, se desliza
suavemente y echo la cabeza hacia atrás con un gemido—.
Eso está mejor. —Está totalmente sumergido en mí
y la punta de su impresionante polla me roza el
cuello del útero—. Muestra un poco de
agradecimiento, Ava. —Se retira y vuelve a entrar, esta vez
con un ímpetu sorprendente.
Me empiezan a temblar los brazos y sacudo la
cabeza con desesperación.
—Otra vez —exijo. Ya ha jugado conmigo
bastante—. ¡Otra vez!
—Eso depende.
—¿De qué? Dijiste que no siempre tenía por qué
ser salvaje. —Me cuesta controlar la
respiración y trago aire repetidamente—. Y ahora
me haces esto. ¿Por fin has llegado a la parte del
libro que confirma que esto no afectará a los
bebés?
—Sí. —Empuja con absoluta precisión obligándome
a flexionar los brazos, pero vuelve a
quedarse quieto—. Es un buen libro.
—Es un buen libro ahora —coincido. Ahora que ha
leído la parte más beneficiosa, es un libro
estupendo.
—Siempre lo ha sido, pero dice que tienes que
escuchar a tu cuerpo. —Sale de nuevo y vuelve
a empujar lanzando un gemido.
—Pues lo estoy escuchando, y dice que me des más
fuerte —jadeo.
—Los bebés están protegidos. He leído eso.
—Sisea, y exhala de manera controlada—. Y por
lo visto también puedo darte azotes. —Su palma
impacta contra mi culo con fuerza y lanzo un grito.
—¡Ya me has dado azotes antes! —le recuerdo
gritando mientras vuelve a penetrarme.
—Pero entonces no sabía que estuvieras
embarazada —me recuerda a su vez con otro fuerte
asalto de su palma contra mi trasero—. ¿Te
gusta?
—¡Sí! —Me obligo a levantar la cabeza y, cuando
lo hago, me vuelvo loca al ver lo que tengo
ante mí. La lengua se me sale sola de la boca y
recorre mi labio inferior de manera lenta e insinuante
—. Eres fantástico —exhalo mientras observo cómo
se tensan cada uno de los músculos
perfectamente definidos de su abdomen y cómo sus
bíceps sobresalen al sostener la parte inferior de
mi cuerpo contra él.
—Lo sé. —Me aprieta lenta y suavemente.
—¡Joder! —Mis brazos ceden por fin y me dejo
caer boca arriba sobre el sofá.
—Sí —coincide conmigo—. Joder, sí.
—Jesse, me voy a correr. —Ya no me importa tanto
mantener el control.
Sólo quiero dejarme llevar.
—Yo no. —Sale y vuelve a entrar hasta el fondo—.
¿Estás escuchando a tu cuerpo, Ava?
—¡Sí! ¡Y me dice que necesito correrme!
Me da una palmada.
—¡No te hagas la lista! —Sale por completo de mí
y vuelve a deslizar la polla por mi centro,
provocando una fricción tremendamente
satisfactoria de su carne contra la mía—. Pues a mí me está
diciendo que estoy haciendo un gran trabajo
cubriendo tus necesidades. —Está temblando. Lo noto a
través de sus brazos y en mis piernas, pero
sigue embistiéndome sin parar.
—Joder, necesito estar encima de ti.
Me suelta la parte inferior del cuerpo y me
agarra de las manos para colocarme sobre su cuerpo
erguido de un tirón. Me tumba sobre la alfombra
debajo de él en un abrir y cerrar de ojos. Empieza a
lamerme los pezones con la lengua y coloca la
mano entre mis muslos para ayudarse a entrar de
nuevo en mí.
Ahora que siento su piel noto lo sudado que
está. Mis manos palpan cada centímetro de su
cuerpo.
—Bésame —le ruego, y no lo piensa.
Nuestras bocas se unen mientras se desliza
dentro de mí y nuestros cuerpos quedan lo más
pegados posible. Sus movimientos son perfectos,
y elevo las caderas para recibir cada una de sus
embestidas, atrapando las chispas de placer que
me instigan todas sus arremetidas. Lo agarro del
culo y le clavo las uñas en las sólidas nalgas
mientras él me devora la boca y nuestras lenguas danzan
voraz y salvajemente.
—Creo que... —dice contra mi mejilla mientras
sigue penetrándome— deberías... —ahora lo
tengo en el cuello, y empieza a mordisquearme el
lóbulo de la oreja— dejar tu trabajo.
Sacudo la cabeza y elevo las caderas con un
largo gemido de felicidad.
—No.
—Pero quiero pasarme los días haciendo esto.
Dame tu boca.
Giro la cabeza hacia él.
—Tendrás que esperar hasta que regrese a casa.
—Le muerdo el labio y vuelvo a agarrarlo del
culo para obtener más fricción.
—No quiero. —Me devuelve el mordisco—. Donde
quiera y cuando quiera.
—Menos cuando estoy en el trabajo. Más al fondo.
—Vaya, ¿desde cuándo das tú las órdenes? —No se
hunde más, el muy cabrón.
—No voy a dejar mi trabajo.
—¿Y cómo vas a cuidar de mis hijos si estás
trabajando? —Me formula esa arrogante pregunta
pegado a mi boca al tiempo que hace girar las
caderas.
—Has dicho que quieres que me quede en casa para
hacer esto, no para cuidar de tus hijos.
—No te hagas la lista. —Abandona mi boca y se
inclina para morderme el pezón y besarme de
nuevo hasta mi rostro—. ¿Más adentro?
—Por favor.
—Vale. —Se hunde hasta el fondo. Mucho.
Deliciosa e increíblemente hasta el fondo.
—Mmm.
Se detiene y se concentra en besarme hasta la
asfixia.
—¿Ves? Te concedo todos tus deseos.
Sin duda lo hace, pero sé adónde quiere ir a
parar, y esto es un polvo de hacerme entrar en
razón sin la parte de la fuerza bruta. Debo
tener cuidado.
—Eres demasiado bueno conmigo —respondo—.
¡Ahhhhh! —Me encuentro al borde del
orgasmo pero es maravilloso estar así,
haciéndonos el amor, sintiéndonos el uno al otro y
tomándonos nuestro tiempo.
Jesse absorbe mi gemido mientras sigue
explorando mi boca como si nunca la hubiera poseído
antes. Nuestras sesiones sexuales, ya sean
ardientes o románticas, intensas o relajadas, son siempre
como si fuera la primera vez.
—Deberías mostrar algo de gratitud. —Abandona mi
boca y se cruza de brazos—. ¿No te
parece? —Observa nuestros cuerpos y se aparta.
Yo también miro hacia abajo y veo todo su
esplendor emergiendo de mi interior—. Mira eso.
—Suspira y se queda quieto al borde de mi
abertura. Después me mira—. Joder, es perfecto.
—Vuelve a hundirse en mí con una larga exhalación
de aliento cálido que me acaricia la cara.
Empiezo a temblar y dejo caer los brazos.
—Vaya, está empezando a jadear —dice, y se apoya
sobre los antebrazos—. Y está temblando
de pies a cabeza. —Sus caderas dan una sacudida
irregular.
Él también jadea. Y también tiembla.
Contengo la respiración y mi cuerpo se tensa
preparándose para alcanzar el clímax, de modo
que no puedo señalarlo.
—Creo que quiere correrse.
Empiezo a sacudir la cabeza, aunque quería
asentir y gritar que sí. Me retuerzo bajo la firme y
perfecta belleza de su cuerpo. Nuestras pieles
sudorosas se funden y resbalan. Meneo los brazos y
las manos sin ton ni son cuando éstos deciden
por su cuenta que hay algo que les gustaría hacer. Mis
dedos se hunden en su rubia mata de pelo y se
aferran a ella con fuerza.
—Sí, definitivamente quiere correrse. —Lo dice
con indiferencia y seguro de sí mismo, pero su
propio cuerpo se agita con espasmos mientras
intenta mantener su ritmo estable. No lo consigue. Los
movimientos de sus caderas se han vuelto
impredecibles, lo que me indica que está a punto de
alcanzar el orgasmo y que pronto perderá el
control—. ¡Joder!
Y esa palabra lo dice todo. Ya no hay vuelta
atrás, de modo que aprovecho la oportunidad, tiro
con más fuerza de su pelo y me elevo para clavar
los dientes en su hombro sudoroso en un intento de
reprimir mi grito y alentar el suyo. Funciona,
tal y como me había imaginado.
—¡Joder, joder, joder! —Me penetra con más
fuerza y a más velocidad con la cara hundida en
mi pelo, tal y como me había imaginado—. ¡Ahora,
Ava!
Es mi fin. Despego los dientes de su carne y me
uno a su frenética espiral de placer carnal. Le
enrosco los brazos alrededor del cuello y meneo
las caderas para recibir las últimas embestidas de
su cuerpo contra el mío.
Se deja caer sobre mí con cuidado, pero me aprieta
lentamente mientras me mordisquea el
cuello con la respiración agitada.
—Deja el trabajo, por favor —me ruega—. De ese
modo, podremos quedarnos así siempre.
Mis cuerdas vocales no responden más que para
farfullar alguna objeción mientras aumento la
presión de mis brazos alrededor de su cuello.
—¿Eso es un sí? —Me lame la piel salada de la
mejilla y los labios—. Di que sí.
—No —jadeo.
—Qué cabezota eres. —Me da un pico en los labios
y se tumba boca arriba asegurándose de
seguir dentro de mi cuerpo y colocándome
cómodamente sobre su regazo—. Tenemos que renovar
nuestros votos.
Arrugo la frente y tardo unos instantes en
reunir el suficiente aire en los pulmones como para
formar una frase.
—Pero si no llevamos casados ni un mes.
Me agarra de las caderas y me pongo tensa, pero
entonces veo que desvía la vista hacia mi
vientre y su mirada de advertencia se transforma
en una sonrisa cuando traslada sus amenazadoras
manos a mi barriguita y empieza a acariciarla.
—Sí, sólo un mes y ya has olvidado una parte muy
importante de tus promesas.
—Puedes meterte lo de la obediencia por donde te
quepa —consigo decir sin ningún problema.
También consigo levantar mis pesados brazos y
agarrarlo del cuello.
Finge asfixiarse con una sonrisa y me obliga a
agacharme tirándome de los brazos y cogiéndome
también de la garganta con sus enormes manos.
Los dos estamos listos para estrangularnos.
—¿Quién ganaría? —pregunta pegando la nariz a la
mía.
—Tú.
—Correcto —coincide—. Tengo sed.
Lo sacudo un poco por el cuello y él se ríe.
—Voy a por un poco de agua.
—No puedes elegir qué deberes de esposa vas a
cumplir y cuándo. —Me aparta de su cuerpo
tumbado y se incorpora ligeramente para darme
una palmada en el culo mientras me alejo—. ¡Agua,
criada!—
No te pases, Ward —le advierto mientras me
coloco las copas del sujetador sobre los pechos
y me dirijo prácticamente desnuda a la cocina.
—¡Ni se te ocurra regresar hasta que pueda
volver a verte las tetas, señorita! —me grita.
Abro la nevera con una enorme sonrisa y saco dos
botellas heladas de agua. Las cojo como
puedo de manera que no me toquen la piel y saco
otra cosa más que lleva un tiempo esperando en el
estante inferior. Sonrío de nuevo.
—¿No me has oído? —El tono de agravio de Jesse
es lo primero que llega a mis oídos cuando
reaparezco en el inmenso espacio diáfano del
ático. Tiene la mirada fija en mi pecho cubierto por el
sujetador.
—Sí que te he oído. —Dejo las botellas en el
sofá y mantengo escondida la sorpresa detrás de
mi espalda.
Él sigue tumbado boca arriba y me mira con sus ojos
verdes cargados de recelo.
—Mi esposa tiene una mirada taimada en su
hermoso rostro. —Me observa con los ojos
entrecerrados. Se incorpora lentamente, apoya la
espalda contra el sofá y se da unos golpecitos en el
regazo—. Y tiene algo escondido. —Echa la mano
atrás y coge una botella de agua. Le da un buen
trago y le coloca el tapón de nuevo lentamente.
—Más o menos —digo. Siguiendo su invitación, me
siento sobre él y me inclino hacia adelante.
Él deja la botella y me coge del culo con sus
enormes manos.
—De más o menos, nada. —Una de sus manos
abandona mi culo, pero sólo el tiempo suficiente
como para volver a bajarme las copas del
sujetador otra vez. Después vuelve a colocarla en su sitio
con firmeza—. ¿Qué escondes ahí?
—Algo —respondo traviesa, y me muevo a un lado
cuando intenta asomar la cabeza para ver
qué es.—
No —le advierto. Resopla un poco y vuelve a
apoyar la cabeza en el sofá. Quito la tapa por
detrás de mi espalda y la dejo caer antes de
mostrarle el tarro a mi dios, cuyos ojos curiosos acaban
de abrirse como platos de alegría al ver lo que
tiene delante.
—Yo tengo el mando. —Sonrío.
Sus ojos se abren todavía más, pero esta vez con
furia.
—De eso, nada. No en lo que a eso se refiere.
Olvídalo. Ni hablar. Jamás. —Intenta cogerlo,
pero con un rápido movimiento lo aparto de
debajo de su nariz.
—Relájate. —Me río, y lo empujo contra el sofá.
La necesidad de abrazarlo supera mis ganas de
torturarlo cuando veo cómo su frente se arruga
de preocupación. Joder, amo a este hombre. Se
mordisquea el labio inferior mientras observa cómo
mi mano avanza lentamente hacia el tarro y mi
dedo desaparece en las profundidades de la pasta
cremosa. Pongo cara de asco cuando lo saco, y sé
que también he arrugado la nariz con disgusto al
ver el inmenso pegote por todo mi dedo índice.
—No me tortures con esto, nena. —Su mirada está
fija en mi dedo recubierto y sigue mis
movimientos mientras bajo la mano y me lo unto
por el pezón. Está helado, y es asqueroso, pero la
expresión de auténtica excitación que acaba de
dibujarse en el rostro de mi travieso marido me anima
a continuar.
Me mira.
—Uy. —Sonrío mientras su cabeza se acerca
lentamente como si tal cosa, lo cual es absurdo,
porque sé que se muere por limpiármelo, y no
sólo porque quiera tener mis senos en su boca.
Su gemido de felicidad hace que me ría y me
retuerza bajo su lengua caliente.
—Joder, joder, joder.
Me devora el seno con la lengua con auténtica
vehemencia y se aparta relamiéndose.
—Pensaba que era imposible que supieras mejor
todavía. Más.
Sonrío como una boba y vuelvo a meter el dedo en
la mantequilla de cacahuete. Una vez
cubierto, lo levanto:
—¿Desea el señor el pecho derecho o el pecho
izquierdo?
Desvía la mirada de un pecho al otro
constantemente, indeciso.
—No tengo tiempo que perder. Restriégatelo en
los dos.
Me río pero cumplo su orden apremiante, y lo
tengo otra vez encima antes de que pueda apartar
el dedo del primer seno.
—Parece que no te está gustando. —Levanto la
cara hacia el techo mientras él me devora y me
muerde el pezón por mi osadía—. ¡Ay!
—El sarcasmo no te pega.
—¿Está bueno?
—No pienso volver a comerla de ninguna otra
manera, así que ahora vas a tener que dejar de
trabajar, porque necesito que estés disponible
para que te chupe cuando me apetezca. —Asoma la
cabeza y veo que tiene la nariz manchada. Me
inclino al instante para lamérsela—. Creía que odiabas
la mantequilla de cacahuete.
—Y la odio, pero adoro tu nariz. —Le doy un beso
en la punta y vuelvo a mi posición—.
¿Harías algo por mí?
Su expresión facial cambia radicalmente. Vuelve
a ponerse receloso, pero esta vez no escondo
nada, sólo una petición que no tardará en oír.
Se relaja un poco y me acaricia los costados del
cuerpo.—
Lo que sea, nena.
—Quiero que me digas que sí a algo antes de que
te lo pregunte —ordeno muy irracionalmente.
Ya hemos vivido esto antes, y no conseguí nada.
—Has intentado sobornarme con mantequilla de
cacahuete. —Se lame los labios y yo lo miro
irritada y dejo el tarro a un lado.
—¿Y?
—Coge el bote otra vez, nena. —Ya no sonríe—. No
hemos terminado.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a hundir el
dedo y a restregarme la pasta.
—¿Contento?
—Mucho. —Me limpia la teta en un santiamén—.
Bueno, ahora dime qué es lo que quieres.
—Tienes que decir que sí —insisto con poca fe en
mi estrategia. Sé que, aunque diga que sí, no
tardará en retractarse si quiere.
—Ava —suspira—. No voy a acceder a nada sin
saber qué es. Y punto.
Le pongo morritos.
—Por favor —digo arrastrando las palabras, y le
paso el dedo recién cubierto de nuevo por la
boca.
—Te pones adorable cuando me suplicas —murmura—.
Dime qué es lo que quieres.
—Quiero que canceles la suscripción de Sam y de
Kate de La Mansión —espeto, y contengo la
respiración.
Necesito desesperadamente que Jesse me ayude con
ese tema. Sé que parecen haber alcanzado
un punto importante en su relación, y espero que
hablen, pero sin la tentación de La Mansión tienen
muchas más probabilidades de lograrlo. Me
preparo para que me salga con que no es asunto mío,
pero no lo hace. De hecho, no hace nada. Ni
resopla, ni se niega. Se limita a mirarme con una leve
sonrisa.
—Vale. —Se encoge de hombros, hunde su propio
dedo en el tarro y me lo restriega por la teta.
—¿Qué? —Sé que parezco totalmente confundida, y
lo estoy. Ni siquiera he tenido que
transformarme en seductora para convencerlo.
—He dicho que vale. —Ataca mi pecho de nuevo y
yo me quedo mirándole la cabeza.
—¿En serio? —Debería estar mostrándole mi
agradecimiento, no cuestionando su respuesta. Su
sonrisa perfecta aparece ante mis ojos y sus
palmas se posan sobre mis mejillas.
—Sam ya la ha cancelado.
Dejo escapar un grito ahogado de sorpresa.
—Creía que por fin habías empezado a obedecerme.
—Debería habérmelo imaginado, pero mi
frustración no eclipsa la felicidad que siento
al ver que están intentando tener una relación
convencional. Estoy encantada.
Jesse se levanta y nos tumba a los dos en el
sofá en un instante.
—Yo siempre hago lo que me pides. Ven aquí. —Me
quita el tarro de las manos y lo deja en el
suelo junto al sofá. Después me pega a su
pecho—. Vamos a acurrucarnos —exhala, contento.
Me río sin poder creerlo, me acurruco en su
cuello y empiezo a reseguir la línea de su cicatriz
con la punta del dedo como de costumbre.
—¿Tienes frío? —pregunta entrelazando las
piernas con las mías y envolviéndome por
completo con sus fuertes brazos.
—No. —Suspiro y cierro los ojos deleitándome con
todos los elementos que lo hacen
encantador: su esencia, su tacto, sus latidos y
su cuerpo debajo del mío.
Vuelvo a encontrarme en el séptimo cielo de
Jesse, y cada vez me gusta más.
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