Capítulo 10
Tras quedarme estupefacta y en silencio, de
repente la música que me bombardea se me hace
insoportable. Me arreglo la ropa y hago lo
posible por volver a parecer normal. No sirve de nada.
Estoy atónita. No me ha dicho ni media palabra
desde que me ha sacado de la pista de baile hasta que
me ha dejado sola en el baño para
discapacitados, donde acaba de follarme. Ni me ha hecho el amor
ni ha sido sexo salvaje. Acaba de follarse a su
esposa, como si yo fuera una cualquiera que se ha
ligado en un bar. Estoy dolida y mis
incertidumbres no han hecho más que aumentar. ¿Qué hago
ahora? Me vuelvo a toda prisa cuando la puerta
se abre y Kate entra como un rayo.
—¡Por fin te encuentro! ¡Nos vamos!
—¿Por qué?
Parece asustada.
—Sam está aquí.
¿Eso es todo?
—No es para tanto, ¿no?
—Y tu hermano también —añade secamente.
—Vaya...
—Sí, vaya... —Me coge de la mano y me saca del
baño—. ¿Dónde está Jesse? —pregunta
cuando pasamos junto a la barra.
Miro a mi alrededor y lo veo en la barra. Una
mano sostiene un vaso de un líquido cristalino y
la otra... la tiene en el culo de una mujer.
La sangre me hierve en las venas.
Me suelto de Kate de un tirón y corro hacia el
cabrón de mi marido.
—¡Ava! ¡Tengo que salir de aquí! —me grita Kate.
La ignoro y me abro paso entre la gente. Jesse
levanta la vista y me ve pero no da señales de
haberme reconocido. No parece sentirse culpable
ni pone cara de saber que lo han pillado. ¿Por qué
iba a hacerlo? Sabe que estoy aquí porque acaba
de follarme y de marcarme en los servicios. Veo a
Sam, que parece estar más asustado que Jesse
ante mi llegada inminente.
Lo primero que hago cuando lo tengo a mi alcance
es cogerle el vaso y bebérmelo. Es agua. Lo
tiro al suelo y el sonido del cristal al
romperse apenas es audible entre el rugido de la música y de la
gente charlando. Luego me vuelvo hacia la mujer,
que tiene la mano en el culo terso de mi dios
neurótico.
—¡Piérdete! —le grito a la cara al tiempo que le
quito la mano del trasero de Jesse.
No necesito repetirlo con la mano que él tiene
en el culo de ella. Ya la ha retirado, y tampoco
hay necesidad de que le repita que se largue. La
mujer pone cara de sorpresa y se marcha, recelosa.
Es lo más sensato que ha hecho en su vida. Estoy
que muerdo.
—¡¿Qué coño estás haciendo?! —le grito a Jesse.
Él levanta las cejas, despacio, y una sonrisa
burlona aparece entonces en las comisuras de su
sensual boca. Es la primera reacción emocional
que he conseguido sacarle desde que llegó al bar.
Pero no dice nada.
—¡Contéstame!
Niego con la cabeza, se vuelve hacia la barra y
le hace un gesto al camarero. Él se lo ha
buscado. Me doy la vuelta y veo a mis tres
amigos, y a Sam, a Drew y a mi hermano, todos
alucinando en colores. Yo también estoy flipando.
—¡Apartad! —grito empujándolos para poder pasar.
Me dirijo a la pista de baile y no tardo mucho
en encontrar lo que busco. Recibo muchas ofertas
cuando me levanto el bajo del vestido, pero no
voy a elegir a cualquiera. Contemplo unos segundos
la selección y me decanto por un hombre alto,
moreno y de ojos azules. Está muy bueno. No me
planteo que me rechace. Me acerco a él, le dejo
que me vea bien y le paso la mano por el cuello. Me
acepta encantado, me mete la lengua en la boca
sin dilación y me rodea la cintura con el brazo. Me
regaño mentalmente por pensar lo bien que se le
da y no tardo en fundirme con su ritmo, hasta que de
repente desaparece.
Abro los ojos y veo que el extraño le está
poniendo a Jesse cara de pocos amigos.
—¡¿De qué vas?! —grita sin poder creérselo, a lo
que mi hombre responde propinándole un
puñetazo en toda la nariz... De los que duelen.
Observo horrorizada cómo le sale un chorro de
sangre de la nariz que salpica por todas partes.
Sin embargo, eso no lo detiene. Se abalanza sobre
Jesse y lo derriba. Vuelan puñetazos e intentos de
estrangulamiento y todo el mundo se aparta para
dejar espacio a los dos luchadores.
—Ava, pero ¿en qué demonios estabas pensando?
—La voz cabreada de Sam me apuñala los
tímpanos. Levanto la cabeza y me encuentro una
mirada acusadora.
No sé en qué estaba pensando. No pensaba, la
verdad.
Sigo la mirada de Sam de vuelta a la pista de
baile. Jesse recibe un gancho en la mandíbula. Se
me tuerce el gesto.
—Por favor, Sam, haz que paren.
Todo cuanto veo es la camisa blanca de Jesse
cubierta de sangre y la cara del otro tío hecha
puré. Tiene la nariz rota.
—¿Estás loca o qué? —se ríe Sam.
Estoy a punto de suplicarle cuando Jesse se
levanta, coge al tío y lo empotra contra un pilar
antes de clavarle un rodillazo en las costillas
con todas sus fuerzas. El hombre se hace un ovillo en el
suelo y se abraza el torso. Me siento fatal, y
no sólo porque mi marido se palpa la mandíbula con
gesto de dolor. Me siento responsable por el
pobre desconocido, al que he escogido para que le
dieran la paliza de su vida. ¿Qué coño me pasa?
Trago saliva y recibo un empujón. Jay entra a la
carga, evalúa la situación y coge a Jesse y lo
saca del bar. Me aparto cuando pasan junto a mí,
pero Jesse se revuelve contra Jay y me agarra del
brazo.—
¡Saca tu culo a la calle! —me ruge.
De repente me doy cuenta de que he cometido un
terrible error, y no quiero oír las perlas que
van a salir de la boca del hombre enfurecido que
me espera fuera. Decido que lo más seguro es
quedarse en el bar. Me revuelvo contra Jesse y
Jesse se revuelve contra Jay.
El portero maldice mientras lidia con nosotros.
—¡Afuera! —grita, y de repente me levanta del
suelo y me aprieta contra su pecho—. ¡Yo te la
saco afuera si sacas tu culo testarudo del bar!
—le chilla a Jesse.
Funciona, pero no sin que mi marido le gruña:
—No muevas las manos ni un centímetro.
Pese a estar enloquecida, noto que el portero me
está sujetando por la cintura con una mano y
por el antebrazo con la otra. Me resisto,
desafiante.
—¡Suéltame, cabrón!
—Ward, ¿cómo cojones la soportas? —le pregunta
Jay caminando hacia la salida del bar.
«¿Perdona?»
—Me vuelve loco —responde Jesse lanzándome una
mirada de disgusto antes de volver a mirar
al frente y pasarse la mano por la mandíbula—.
Ten cuidado con ella.
Jay me deja en tierra y me dedica un gesto de
desaprobación. Estrecha la mano de Jesse y nos
deja en la acera. Nos estamos tanteando con la
mirada cuando nuestros amigos, y Dan, salen
corriendo del bar. No quiero que mi hermano
presencie esto.
—¡Largaos! —les ruge Jesse.
Dan da un paso adelante.
—¿Te crees que voy a dejarla contigo? —espeta
echándose a reír.
Rezo para que Dan cierre el pico porque, después
de lo que acabo de ver, no me cabe duda de
que mi marido es capaz de aniquilarlo. Me vuelvo
hacia Kate y le pido ayuda con los ojos, pero todo
cuanto consigo es que me mire con los labios
apretados. Los demás observan alternativamente a mi
hermano y a mi hombre. Han visto al Jesse
enloquecido. No van a ayudarme.
Jesse me coge del codo y mira a Dan.
—¿Te importa que me lleve a mi mujer a casa?
—dice. Es una afirmación, no una pregunta.
—La verdad es que sí me importa. —Mi hermano no
va a bajar del burro. Lo veo en el brillo
metálico de sus ojos oscuros.
—Dan, no pasa nada. Estoy bien. Vete —replico.
Luego miro al resto del grupo—. Marchaos
todos, por favor.
Pero nadie se mueve.
Jesse me sujeta con más fuerza.
—¡¿Qué coño crees que voy a hacerle?! —aúlla—.
¡Esta mujer es mi vida!
Me echo atrás ante su fiera declaración, igual
que los demás, igual que Dan. Si soy su vida,
¿dónde carajo se ha metido estos cuatro días?
¿Por qué me ha follado como si no fuera más que un
objeto? ¿Y por qué le ha metido mano a otra en
el bar? Me suelto y doy un paso atrás. Miro a mi
amiga, aunque no sé por qué. Tal vez en busca de
consejo, porque no sé qué hacer. Ella niega
sutilmente con la cabeza. Es su forma de decirme
que no monte una escena. Mi lado peleón me está
gritando que no le consienta dejarme mal,
mientras que mi pequeño lado sensato intenta
tranquilizarme y me aconseja que no me deje en
mal lugar yo solita.
La mirada de Kate me anima a acercarme a ella,
le doy un tirón al bajo de mi vestido y, en un
acto estúpido de desafío, cojo su copa de vino y
me la bebo.
—¡Ava! —Mi amiga intenta detenerme, pero tengo
una misión.
—Te veo luego —digo cogiéndole mi bolso de la
otra mano. Entonces me vuelvo hacia Jesse.
Tiene el labio torcido en un gesto de
advertencia, pero me importa un bledo. Mentalmente no dejo de
ver todo lo que ha hecho esta noche, y me estoy
cabreando mucho—. No te molestes en seguirme —le
suelto. Me mira y la ira es más que evidente en
su rostro. Espero que mi disgusto también lo sea pero,
por si no lo es, le lanzo una mirada de asco
antes de empujarlo para pasar y concentrarme al máximo
para no caerme. No debería haberme bebido esa
copa de vino por muchas razones.
A trompicones, bajo de la acera para llamar a un
taxi, pero no llego ni a levantar el brazo.
—¡No bajes de la acera! —me ruge echándome sobre
sus hombros—. ¡¿Estás tonta?!
—¡Que te den, Jesse! —Me lleva de nuevo a la
acera—. ¡Bájame!
—¡No!
—¡Jesse, me haces daño!
Me baja al instante y sus ojos verdes me
examinan, preocupados.
—¿Te he hecho daño? ¿Dónde?
Me llevo la mano al pecho.
—¡Aquí! —le grito en las narices.
Da un paso atrás pero luego hace el mismo gesto
que yo. Se golpea el pecho, con la camisa
manchada de sangre.
—¡Bienvenida al club, Ava! —ruge.
Parpadeo ante el volumen de su voz antes de dar
media vuelta sobre mis tacones, borracha, y me
marcho.
—¡El coche está aquí! —me grita desde atrás.
Me detengo, doy media vuelta muy despacio y me
marcho en la otra dirección. No voy a
conseguir nada intentando escapar. Yo estoy
borracha, y él está decidido.
—No me gusta tu vestido —me gruñe pisándome los
talones.
—A mí, sí —contraataco sin dejar de andar.
—¿Y eso por qué? —Me alcanza, cosa que no es
difícil: estoy pedo y llevo tacones.
Me paro y me vuelvo para mirarlo.
—¡Porque sabía que lo odiarías! —grito, y el
resto de los viandantes se nos quedan mirando.
—¡Pues tenías razón! —me grita.
—¡Bien! ¿Estás enfadado por eso, porque estoy
borracha, o porque he besado a otro?
—¡Por todo! Pero lo de besar a otro hombre se
lleva la palma —dice temblando de la rabia.
—¡Tenías la mano en el culo de otra!
—¡Ya lo sé! —Me mira y yo le devuelvo la mirada.
—¡¿Por qué? ¿Una sola mujer te resultaba
aburrido?! —chillo poniéndome tensa.
Miro alrededor para ver quién más ha oído mi
comentario. Me alegra comprobar que nuestros
amigos han huido. Podría haberlo atacado por ser
tan celoso o por ser tan posesivo, pero no, voy y
elijo su vida sexual pasada.
Me mira con sus ojos verdes entornados y los
labios apretados.
—¡Lo estabas pidiendo a gritos!
—¿Yo? ¿Cómo?
—¡Me dejaste! ¡Prometiste que no me dejarías
nunca!
Estamos el uno frente al otro, mirándonos como
un par de lobos a punto de saltar a la yugular
del otro. Ninguno de los dos se echa atrás. Los
dos tenemos motivos para estar enfadados. Por
supuesto, yo soy la que más motivo tiene, pero
no estoy preparada para pasarme la noche en plena
calle sólo para demostrar que tengo razón. No
soy tan cabezota como él.
—No deberías haber decidido mi futuro tú solo
—digo con más calma.
Echo a andar y doy un traspié al llegar al
bordillo de la acera. No sé dónde tiene aparcado el
coche, pero seguro que en breve me gritará hacia
adónde debo ir.
—Eres un grano en el culo —me suelta—. Estaba
pensando en nuestro futuro.
Me coge por detrás y me lleva en brazos.
—Bájame, Jesse —protesto sin mucha convicción.
Mi débil intento de soltarme es bastante
patético, la verdad.
—No voy a bajarte, señorita.
Me rindo. Mi cuerpo es débil, mi mente aún está
peor, y me duele la garganta de tanto gritar.
Dejo que me lleve al coche y me siente en el
asiento del acompañante. Ni siquiera protesto cuando
me abrocha el cinturón de seguridad. Masculla
incoherencias mientras intenta cubrirme las piernas
con el bajo del vestido y cierra la puerta de un
portazo.
Soy vagamente consciente de haber subido al
coche y de los agradables acordes de Ed Sheeran,
pero mi mente está agotada y no logro reunir
fuerzas para gritarle. La frente se me cae contra la
ventanilla y tengo la vista perdida en las luces
brillantes de Londres que dejamos atrás.
—Madre mía —dice Clive con tono de desaprobación
cuando me despierto. Mi cabeza se
mueve arriba y abajo, al ritmo de las zancadas
de Jesse—. ¿Llamo el ascensor, señor Ward?
—No, ya puedo yo. —La voz de Jesse resuena en mi
interior—. Este vestido es un cinturón —
gruñe llamando el ascensor. Entra en cuanto las
puertas se abren.
Me despierto del todo en sus brazos y me
revuelvo para que me suelte.
—Puedo andar —le espeto.
Da un respingo burlón y me deja en el suelo,
pero sólo porque no hay escapatoria ni coches que
puedan atropellarme. Se abren las puertas del
ascensor y soy la primera en salir, buscando las llaves
en el bolso. Las encuentro bastante rápido,
teniendo en cuenta que las manos no me responden, pero
introducir la llave correcta es otro cantar.
Cierro los ojos e intento concentrarme mientras aproximo
la llave a la cerradura. Lo oigo gruñir a pocos
pasos de mí, pero lo ignoro y sigo insistiendo. Se ve
que se harta de esperar porque de repente me
coge la muñeca y guía mi mano. Acierta a la primera.
Las puertas se abren. Me quito los zapatos y me
tambaleo por el inmenso espacio abierto. Subo
la escalera con cuidado. Cuando llego a lo alto,
no giro a la izquierda hacia el dormitorio principal,
sino que voy a la derecha y me meto en mi cuarto
de invitados favorito. Me desplomo sobre la cama,
vestida y sin desmaquillar, señal de que estoy
molida. No me paro a pensarlo. Se me cierran los ojos
y caigo rendida en el sueño de los borrachos.
—Hay que quitarse eso.
Noto que tiran de mi vestido. Estoy medio
dormida. Sé que todavía estoy borracha y que tengo
los párpados pegados porque se me ha corrido la
máscara de pestañas.
—¿Vas a cortarlo en trocitos? —murmuro, molesta.
—No —dice con calma. Sus brazos, fuertes y
familiares, me envuelven y me levantan de la
cama—. Tal vez no sea capaz de hablar contigo,
nena —susurra—, pero quiero que «no nos
hablemos» en nuestra cama.
Automáticamente mis brazos buscan su cuello para
agarrarse y hundo la cara en él. Puede que
esté ligeramente ebria y muy cabreada, pero sé
cuál es mi sitio favorito. Me deposita sobre el
colchón, me tumba y poco después me atrae contra
su pecho.
—¿Ava? —me susurra al oído.
—¿Qué?
—Me vuelves loco, señorita.
—¿Un loco enamorado? —farfullo medio dormida.
Me acerca un poco más a él.
—Eso también.
—Te quiero.
¿Qué ha sido eso? Abro los ojos, llenos de rímel
corrido.
—Bebe —me ordena con dulzura.
Gimo y me doy la vuelta sobre la almohada.
—Déjame en paz —lloriqueo.
Se ríe.
Me duele la cabeza. Ni siquiera la he levantado
de la almohada, pero tengo la sensación de que
Black Sabbath están ensayando en mi cabeza.
—Ven aquí.
Me enrosca el brazo en la cintura y me arrastra
por la cama hasta que me tiene en su regazo. Me
pasa la mano por el pelo y me lo aparta de la
cara. Entreabro los ojos y veo un vaso de agua
burbujeante delante de mis labios.
—Bebe —insiste.
Dejo que me ponga el vaso en los labios y bebo
el líquido frío con gusto.
—Bébetelo todo.
Me termino el vaso y luego me dejo caer en su
pecho desnudo. Soy lo peor cuando tengo resaca.
—¿Duele mucho? —Sé que se está riendo.
—Muchísimo —grazno.
Me pesan los párpados y estoy demasiado cómoda
para pensar en los acontecimientos de la
noche anterior, los que me han unido a esta
espantosa resaca y al hombre que me saca de mis
casillas.
Cambia de postura y se recuesta en la cama
llevándome consigo. Al menos me habla lo
suficiente para cuidar de mí en mi estado
lamentable. ¿Qué clase de persona castiga al amor de su
vida, un alcohólico, saliendo por ahí a
emborracharse? Y encima embarazada, aunque él no lo sepa.
¿Qué clase de persona tortura a su marido, que
es celoso a más no poder, metiéndole la lengua hasta
las amígdalas a otro hombre? La misma clase de
persona que le esconde las píldoras anticonceptivas
al amor de su vida para intentar dejarla preñada
sin que ella se entere. Estamos hechos el uno para el
otro.
—Lo siento, más o menos —digo en voz baja.
Me da un beso en el pelo.
—Yo también.
Qué valiente es. Seguro que huelo a perro muerto
y que tengo un aspecto aún peor. El aroma a
resaca no es el más agradable por la mañana, y
menos aún para un ex alcohólico.
Me quedo hecha un ovillo lamentable sobre su
pecho, medio dormida, medio despierta, dejando
vagar mis pensamientos.
—¿En qué piensas? —me pregunta casi con miedo.
—En que no podemos seguir así —contesto con
sinceridad—. No es bueno para ti. —Omito el
hecho de que tampoco lo es para mí.
Suspira.
—Yo de mí no me preocupo.
—¿Qué vamos a hacer? —insisto.
Se queda unos momentos en silencio. Luego me
tumba de espaldas, me separa las piernas y se
acomoda entre mis muslos. Respira hondo y deja
caer la cabeza sobre mi pecho.
—No lo sé, pero sé que te quiero muchísimo.
Miro al techo. Eso ya lo sé, pero estamos
poniendo a prueba el viejo dicho de que el amor todo
lo puede. Siempre que la pifia recurre a lo
mucho que me quiere, como si eso disculpara todas sus
neuras y sus locuras.
—¿Por qué lo hiciste?
No necesito darle detalles. Sabe perfectamente a
qué me refiero.
Me mira y ya lleva puesta la arruga de la
frente.
—Porque te quiero —dice a modo de defensa—. Todo
lo hago porque te quiero.
—Me tratas como a una zorra, me follas en el
baño del bar, sin una palabra, y luego te marchas
y te pillo metiéndole mano a otra. ¿Eso lo has
hecho porque me quieres?
—Estaba intentando demostrártelo —me discute en
voz baja—. Y cuidado con esa boca.
—No, Jesse, estabas intentando tocarme las
pelotas. —Me revuelvo un poco debajo de él y me
mira nervioso—. Necesito una ducha.
Busca en mi mirada pero al final se aparta para
que me levante. Voy al cuarto de baño, cierro la
puerta, me cepillo los dientes y me meto bajo el
agua. Estoy desanimada y resacosa. Sólo quiero
volver a meterme en la cama y olvidarlo todo,
pero mi cerebro va a cien y estoy entrando en terreno
pantanoso, lo que empeora mi dolor de cabeza. No
lo he visto en cuatro días. Estoy intentando no
pensar pero no puedo evitarlo, sobre todo
después de lo que pasó la última vez que desapareció.
Pego un brinco cuando noto su mano en mi vientre
y me besa en el hombro.
—Ya lo hago yo —susurra quitándome la esponja y
dándome la vuelta. Se arrodilla delante de
mí y coge mi pie, se lo apoya en el muslo y
empieza a enjabonarme la pierna.
No hay ni rastro de la arruga de la frente.
Parece contento, relajado y en paz, como a mí me
gusta. Es porque vuelve a cuidar de mí.
—¿Dónde has estado desde el lunes? —pregunto sin
quitarle ojo.
No se tensa ni me mira receloso, sino que sigue
enjabonándome mientras el agua cae sobre
nosotros.
—En el infierno —responde con dulzura—. Me
dejaste, Ava. —No me mira y no lo dice en
tono de acusación, pero sé que me está diciendo
que rompí mi promesa.
—¿Dónde has estado? —insisto dejando el pie
sobre el suelo de la ducha y levantando el otro
cuando me da un golpecito en el tobillo.
—Estaba intentando darte espacio. Sé cómo me
porto contigo y ojalá pudiera evitarlo, de
verdad. Pero no puedo.
Aún no me ha respondido. Todo eso ya lo sé.
—¿Dónde has estado, Jesse?
—Siguiéndote —susurra—... a todas partes.
—¿Durante cuatro días? —exclamo.
Me mira y deja de enjabonarme.
—Mi único consuelo era ver que tú también te
sentías sola.
Me coge la mano y tira de mí para que me
arrodille yo también. Me aparta el pelo mojado de la
cara y me da un beso tierno en los labios.
—No somos convencionales, nena. Pero somos
especiales. Lo que tenemos es muy especial. Me
perteneces y yo te pertenezco a ti. Eso es así.
No es natural que estemos separados, Ava.
—Nos volvemos locos el uno al otro. No es sano.
—Lo que no es sano es mi vida sin ti. —Me sienta
en su regazo y rodea su cuello con mis
brazos antes de enroscar los suyos alrededor de
mi cintura—. Aquí es donde debes estar —añade
apretándome la cintura para enfatizar sus
palabras—. Justo aquí. Siempre a mi lado. No vuelvas a
besar a otro hombre, Ava, o me meterán a la
sombra durante mucho, mucho tiempo.
Me doy cuenta de lo tonta que he sido. Le
acaricio la mandíbula. No hay cardenales ni rasguños.
—Tienes que dejar de hacer locuras —digo.
Mi enfado ha desaparecido, y sé por qué. Es por
lo mucho que sé que me quiere. ¿Excusa eso su
comportamiento? Parece que deja de
autodestruirse en cuanto me tiene en sus brazos y hago lo que
me ordena. No puedo fingir que no me resulta
frustrante, que no me saca de quicio y que no hace que
a veces me pregunte en qué me he metido. Pero
este lado suyo, el tierno y afectuoso, casi supera sus
neuras y su confusa forma de ser. Y de repente
me acuerdo de que sigo embarazada.
Y Jesse cree que no lo estoy.
Me coge las mejillas y me besa.
—Y tú tienes que dejar de llevarme la contraria
—sonríe sin despegarse de mis labios.
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